La desigualdad: Una trayectoria de vida

Por Karen Moreno Castro

Estudiante de Sociología

Retrato

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En la actualidad toma más relevancia el tema de la desigualdad: quiénes acceden a los derechos fundamentales y cómo la precarización de la vida presenta tales derechos como servicios, siendo cada vez más limitada la probabilidad de una vida digna. ¿De qué manera y en qué proporción se distribuyen los recursos públicos? Es una pregunta que aparece constantemente en las conversaciones cotidianas, entre vecinos, amigos  y familiares. La pregunta que generación tras generación se ha hecho hasta hoy; más que hacerla para hallar una respuesta, lo cierto es, que parece una manera permanente de reclamar lo que sabemos que nos pertenece, sin embargo, se hace cada vez más ajeno por voluntad mezquina de terceros. 

Según cifras de Manizales cómo vamos el desempleo en Manizales hasta el 2020 afectaba el 16,7% de la población general, destacando que las mujeres son la mayor  población  en estado de desempleo. Para junio del 2021 el DANE registra un porcentaje del 14,4% lo cual indica una disminución del 2,3 %. No obstante, las ocupaciones que más se registran son: ventas, comercio y servicios de comida; muchas de estas ocupaciones se llevan en el escenario de la informalidad: carros móviles por la ciudad, servicios de comida a domicilio, los conocidos “chaceros” que, en general, no cuentan con prestaciones legales, ni salarios regulares que brinden una estabilidad económica y por tanto no pueden tener garantías respecto a la adquisición y satisfacción de las necesidades básicas vitales. 

La vida de  Don José Antonio Villegas y de Miguel Iñuga aún cuando se llevan tantos años de diferencia, sirve de ejemplo para evidenciar la historia de generaciones marcadas por la desigualdad social. 

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Don José, a sus 22 años tuvo su primera hija,─ de dos que tuvo─ quien fue criada por su abuela; la madre de su hija decidió irse y él asumió la responsabilidad económica de la crianza. En apuros, sin probabilidades de encontrar pronto un empleo, y con la urgencia de sustentar a su hija, recibe un puesto  de venta de confites, periódico y cigarrillos, hecho de madera por su tío, quien ya lo tenía acreditado hacía un buen tiempo: “hablamos de los años 80´, la época de este señor Pablo Escobar” resalta Don José,  frente a lo que hoy conocemos como el sector de Las palmas, frente a Mercaldas. Al comienzo, lo asumió como un trabajo temporal, pues un joven de 23 años, su edad para aquel entonces, tenía otras expectativas. Pero es la necesidad, las mínimas certezas de un ingreso económico diario, y la dependencia absoluta de un hijo, lo que le obliga a quedarse allí. 

Un día, no muy lejano a sus comienzos en esta labor,  amaneció y encontró en astillas el puesto: un aparente accidente acabó con él. Todo el tema burocrático para pedir un espacio a la Alcaldía donde pudiera reubicarse, hizo que tuviera la iniciativa de mandar a hacer su propio puesto de aluminio, tal como lo quería, y se desplazara unos cuantos metros del lugar primigenio.

Desde ese momento ha sido una permanente confrontación con las entidades públicas en cada periodo gubernamental, pues distinto a lo que sucedía con el anterior puesto, éste no cuenta aún con ningún tipo de certificado que avale la ocupación del espacio público. Debido a la informalidad en la que se encuentra su puesto, se lo han “levantado” tres veces, ocasionando pérdidas en dos ocasiones, de la totalidad de la mercancía con que lo surte; además de daños a la estructura metálica de su puesto, por lo cual ha incurrido en gastos no presupuestados. 

La última vez que tuvo este tipo de episodio fue meses atrás de la pandemia por la Covid-19. Esta vez fueron cinco meses en los que le retuvieron “los de espacio público” su puesto, privado completamente de su fuente económica y a su vez asumiendo gastos en pagos de abogados, procurando tramitar y legalizar la ubicación de su puesto. 

Su segundo hijo, con 20 años de edad, es quien ha solventado los gastos vitales de Don José, además de ser quien da el sustento a su hogar conformado por su esposa e hija de 3 años. Durante el lamentable suceso de quedarse sin su fuente económica y luego, el encierro por la Pandemia, su hijo, quien no pudo terminar la secundaria por asumir su responsabilidad como padre, igual que la madre, ha sido quien le ha dado constantemente su ayuda, sumado a los ahorros de su vida. De esta forma ha podido sobrellevar la contingencia actual. 

Para Don José, luego de la reapertura social y económica, ha sido complejo lograr una estabilidad en su economía. Cuenta que su puesto de dulces, en un día normal, antes de la Covid, podía producir hasta 60.000 pesos, trabajando de 10 de la mañana hasta las 12 de la noche, un poco más tratándose de los viernes y sábados. Dadas las actuales condiciones, para intentar producir la misma cantidad de dinero, procura sumar unas horas más a su jornada laboral, por la mañana o por la noche, depende cómo vea el movimiento de gente. Del diario, debe restar 14.000 pesos colombianos que le cuesta la carrera de taxi hasta Villamaría, donde tiene su casa propia. Además del pasaje del bus que toma todos los días para llegar a su lugar de trabajo y para ir dos veces por semana a la distribuidora a comprar el surtido para su puesto. 

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Uno de los anhelos de Don José Antonio es tener su puesto de trabajo con el permiso requerido por la Alcaldía para no sentir más incertidumbre en sus días, pensando que un día cualquiera pueden llegar y llevarse nuevamente su única fuente de subsistencia, que además, para su edad, es su única posibilidad de sostener una vejez digna.

Pese a los escenarios de incertidumbre y vulneración de derechos que ha tenido que sobre Don José Antonio, cuando le pregunté si se consideraba pobre, su respuesta fue un rotundo no, expresando su agradecimiento por contar con lo que según su percepción es suficiente para vivir bien: un techo y los tres golpes diarios de comida.

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Según la Encuesta de percepción ciudadana (2019) solo el 4,7%  de la población en Manizales se considera pobre. Esto nos puede llevar a cuestionar sobre los elementos sociales que construyen la percepción de bienestar, goce, y descanso, por ejemplo, que parecen no estar dentro de las posibilidades de quienes a expensas de su integridad, continúan teniendo condiciones precarias que atentan contra la vida que tanto procuran sostener y conservar. 

Miguel, venezolano de 25 años, el mayor de tres hermanos, los dos menores: adolescentes, uno tiene 19 años y su hermana, la más pequeña acaba de cumplir los 15 años. Actualmente su hermano trabaja en un negocio de frutas y verduras y su hermana aún no logra terminar su bachillerato por el cambio constante de vivienda debido a la inestabilidad laboral de su madre.

 Llegó  a Colombia en febrero de 2020, una decisión radical, luego de la última crisis política y económica de Venezuela. Luego de pasar toda su niñez y adolescencia asumiendo la responsabilidad económica de su familia, vio en la migración una oportunidad para cambiar y mejorar su calidad de vida. Su trayectoria de vida ha estado marcada por los oficios rudos desde los siete años, y consideró que era momento de buscar mejores oportunidades.

Cuenta Miguel haber llegado a Colombia por una amiga que le ofreció estancia en la ciudad de Manizales, sin imaginar que una pandemia estaba próxima a  cambiar por completo la cotidianidad del mundo entero. Las posibilidades de conseguir “lo diario” se redujeron a pedir algo de comida a sus vecinos. Además el pago de una habitación que compartía con dos personas, se hizo por el momento insostenible; contando con la solidaridad de la propietaria pudo cubrir la necesidad de techo, sumando la deuda a cada día que pasaba allí. 

Ante la urgencia por mejorar sus condiciones, contra toda restricción de cuarentena, salía a vender dulces a quien encontrara por su camino; así se provisionó de dos comidas al día durante todo el tiempo prolongado de cuarentena, esperando la “normalidad” en las semanas siguientes a la apertura económica. 

La venta informal de dulces desde el mes de septiembre de 2020 ha sido su ocupación hasta el día de hoy, procurando mejorar sus condiciones de movilidad en la ciudad, ha conseguido un puesto de madera con ruedas, Miguel siente que esto es un progreso en sus condiciones de trabajo y alimenta su esperanza en que la situación económica mejorará para traer a su familia a Manizales y que entre todos puedan salir adelante. 

De acuerdo al último Censo nacional de población y vivienda en el 2018, Manizales recibió 1451 migrantes de Venezuela, y otros 897 se asentaron en otros municipios de Caldas. Para el 2021, con datos de Migración Colombia, analizados por Terri Data, han migrado 4603 personas desde Venezuela a Manizales, sin tener el cálculo de los que han migrado a los distintos municipios del Departamento de Caldas. La cifra de migración ha aumentado y con ello exponencialmente las condiciones de vida tanto de los migrantes como de quienes se sustentan con la venta informal, se ven en progresivo deterioro.

De acuerdo con Dejusticia, en Colombia más del 50% de la población se dedica al empleo informal, es decir, 16 millones de habitantes dependen de los transeúntes para poder sobrevivir. En un contexto como la pandemia, el riesgo de vulnerabilidad incrementó, no sólo para los vendedores ambulantes, también para quienes fueron parte del recorte del personal de empresas que ante la baja demanda de sus productos debieron minimizar gastos de producción, siendo la mano de obra el recurso más afectado. Aún así, sobreviviendo a la crisis, el Estado no garantiza todavía unos mínimos vitales que proporcionen una manutención y un acceso digno a los servicios y a los derechos que por condición de humanidad deben ser otorgados. 

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