SOBRE EL CUIDADO Y SUS DIMENSIONES

Por Nicolás Gil Santos

Estudiante deAntropología

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El cuidado es un término sospechoso, puesto que en principio denota cierta cotidianidad familiar. Sin embargo, al revisar con mayor detenimiento, es posible descubrir un entramado más complejo y delicado. El cuidado ha sido abordado desde diferentes
puntos de vista teóricos, desde diferentes disciplinas y escuelas de pensamiento que se han ocupado de producir conocimiento e investigar en torno a él, aproximadamente desde los años 1970. No obstante, el objetivo del presente texto es ofrecer un panorama
teórico teniendo como base la cualidad relacional del cuidado, lo cual permite comprender el concepto a partir de un conjunto de dimensiones que le conforman; también se hará énfasis en dos de los debates que se han generado en torno al cuidado: la relación-dependencia y los proveedores de cuidado .Un primer acercamiento al carácter relacional del cuidado, junto con la mirada puntual sobre los debates que dicho concepto ha generado permitirá complementar y tener una perspectiva más amplia del concepto. Como aclaración, si bien los análisis conceptuales de tipo diacrónico tienen un valor importante, este apartado no tiene ese objetivo; antes bien, se busca brindar un panorama teórico sobre la cuestión del cuidado. El objetivo es un texto que permita visualizar de manera distinta el concepto de cuidado.

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CARDONA,  m. (2021). la 23 [fotografía]. Recuperado de Manolo Cardona🎭🎥 (@isazamanolo) • Fotos y videos de Instagram

Una actividad relacional: las dimensiones del cuidado
El cuidado es una actividad relacional, ya que tiene lugar en la relación que le constituye; es posible dar cuenta de una serie de dimensiones que no solo componen al cuidado, sino que también le definen, como son la material, la emocional y la moral (Martín Palomo & Damamme, 2020). La primera dimensión, la material, hace referencia a los cuidados físicos que pueden prestarse o que se pueden recibir, por ejemplo: el aseo, cuidados de enfermería,alimentación, ayuda para el desplazamiento y movilidad, entre otros. Por tanto, la importancia de los cuidados materiales radica en que son imprescindibles para que todo ser humano consiga superar situaciones de vulnerabilidad y enfermedad, ya sean temporales o permanentes, debido a que los cuidados materiales hacen referencia a toda práctica dirigida a cubrir las necesidades físicas de las personas (Brake, 2017) . A su vez, es posible distinguir entre cuidados materiales directos e indirectos (Carrasco,
Borderías, & Torns, 2011) . En el primer caso las actividades se realizan directamente con las personas receptoras de cuidado, por ejemplo, dar la comida, asear a la persona o prestar atención médica. Estas actividades suponen una atención inmediata sobre el
receptor de cuidados (Durán, 2016) . En cuanto a los cuidados indirectos, se entienden como aquellos que se dirigen al entorno de la persona que recibe los cuidados, por ejemplo, el trabajo doméstico, los oficios diarios, el aseo general o cocinar los
alimentos.Los cuidados indirectos son tan importantes como los directos, puesto que suponen el suministro de las bases del confort, ambiente sano y seguridad para el receptor de cuidados (Durán, 2016) . Los cuidados materiales, directos e indirectos, también reúnen lo relacionado con la asistencia de las actividades de la vida diaria y en las actividades instrumentales de la vida diaria (Ophir & Polos, 2021). De acuerdo con lo anterior, cuidar consiste en un conjunto de actividades, tareas y acciones concretas, las cuales tiene como objetivo el contribuir a preservar la vida, la
integridad, la supervivencia y la comodidad del receptor de cuidados (González, 2014). Sin cuidados materiales ninguno de nosotros llegaría a edad adulta (Brake, 2017) , pues es necesario recordar lo vulnerable que es el humano en sus primeros años, así como
también en la vejez. No obstante, lo expuesto como cuidado material dista de circunscribirse exclusivamente a la población vulnerable o dependiente, si bien resulta ser un segmento de la sociedad que requiere de cuidados con urgencia, los cuidados materiales tienen más que ver con nociones como las de reproducción social o trabajo reproductivo, puesto que la noción de cuidado resulta mucho más amplia y excede a los
dependientes. Barbara Laslett y Johanna Brenner (1989, en Duffy, Albelda, Hammonds,2013) definen la reproducción social como “varios tipos de trabajo -mental, manual y emocional- destinados a proporcionar los cuidados definidos histórica y socialmente, así
como biológicamente, necesarios para mantener la vida existente y reproducir la siguiente generación” (Duffy, Albelda, & Hammonds, 2013, pág. 5) . Lo anterior resalta la importancia de los cuidados materiales y los saca del lugar exclusivo de la atención a dependientes, recordando la importancia que tiene para la sociedad en general y para el individuo en particular.

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La segunda dimensión del cuidado es la emocional. Tal y como se evidenció, el cuidado consiste en un conjunto de actividades materiales, sin embargo, el cuidado también tiene como característica una importante carga de subjetividad, la cual se traduce en emociones, afectos y desafectos, sentimientos, amores y desamores (Eternod & Jácome,
2018) . El apoyo emocional y la compañía, los cuales hacen parte de la dimensión
emocional del cuidado, son tan importantes como los cuidados materiales, constituyendo incluso una necesidad por parte de quien recibe los cuidados,
independientemente de la carga subjetiva del cuidador. Sobre lo anterior, Brake (2017) ,
citando a John Rawls, destaca a los cuidados materiales y afectivos como bienes
primarios, necesarios para que el individuo desarrolle sus facultades morales y un plan
de vida (Brake, 2017) . El cuidado va más allá de garantizar la supervivencia y bienestar
de otra persona, para brindarle acompañamiento y bienestar emocional, el cual le permite un desarrollo psicológico y afectivo, sobre todo en los primeros años. Para el caso de la vejez, la compañía y el afecto resultan inapreciables, puesto que la vejez suele caracterizarse por un deterioro de las redes sociales, traducido en una pérdida de los familiares y amigos cercanos (Huenchuan S. , 2009) .
Con respecto al cuidador, Hochschild (2012) propone el término trabajo emocional
para hacer referencia a todos aquellos trabajos enfocados al servicio, en los cuales se exige un control de emociones y sentimientos, lo que implica dejar a un lado los problemas y cuestiones personales, teniendo como fin el atender de manera amable y generar una sensación de bienestar y satisfacción en los clientes, también llamados receptores del servicio (González, 2014) . El trabajo emocional produce un efecto subjetivo en el otro (Carrasco, Borderías, & Torns, 2011) . Existe un vínculo emocional entre el cuidador y el receptor de cuidados. Dicho vínculo puede crearse a partir de la práctica misma del cuidado, puesto que ésta supone establecer una relación personal, la cual va más allá de la relación que pueda existir entre un cliente y un trabajador; ya que se crean lazos afectivos producto de los espacios de contacto, cercanía e intimidad propios del trabajo de cuidado (González, 2014) . Debido a esto, se afirma que el cuidado exige amor y trabajo (Graham, 1983) . La tercera dimensión es la moral. En cuanto al cuidador, se destacan atributos como el sentido del deber, la responsabilidad, la abnegación y el sacrificio (Martín, 2008) . Las situaciones de cuidado ponen en juego la construcción de las personas como seres morales (Hughes C. , 2002), puesto que se pone en juego la reputación y decencia como persona de los implicados, teniendo como base las expectativas acerca de lo que implica
ser, por ejemplo, un buen hijo o hija que atiende la vejez de sus padres. En cuanto al
receptor de cuidados, su construcción como ser moral se da mucho antes de asumir
dicho rol, puesto que, por ejemplo, en ambientes de cuidado familiar se espera que la persona mayor haya invertido en cuidados, cariño y afecto hacia sus familiares para ser
merecedor de recibir cuidados en la vejez (Van Der Geest, 2002) en (Deku, Forkuor, & Agyemang, 2021) . En esta línea, ocurre algo similar a lo expuesto desde la biología
sobre el altruismo recíproco, el cual busca explicar la aparición de las facultades
morales desde una perspectiva evolucionista (Martínez, 2003). En cuanto a la dimensión moral, Tronto (1993, en Hughes 2002) reconoce cuatro etapas en el proceso de cuidado, de la cual la primera es “Caring About” y corresponde a “preocuparse por”, lo que implica reconocer una necesidad de cuidados y además el sentido del deber para atenderla. Es este sentido, la dimensión moral sería la primera en manifestarse, seguido de las dimensiones material y emocional, puesto que del deber se pasa a la acción concreta para atender los cuidados y los sentimientos, compañía y afectos van de la mano de las actividades. No obstante, si bien es posible distinguir entre cuidados materiales, emocionales y una dimensión moral, en la práctica del cuidado todas tres dimensiones se solapan y amalgaman. Lo expuesto hasta el momento da cuenta del cuidado como ambiguo entre actividad y afecto (Brake, 2017)

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Protección de jubilación

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Cuidado y dependencia. Si bien el cuidado se asume como toda acción encaminada a garantizar la supervivencia social y orgánica de las personas, la mayoría de las veces se presupone la situación de dependencia o discapacidad del receptor de cuidados, reconociendo una imposibilidad para llevar a cabo actividades indispensables y cotidianas (Huenchuan S. Envejecimiento, familias y sistemas de cuidados en América Latina., 2009) . Con respecto a lo anterior, una concepción del cuidado basada en la dependencia le resta autonomía personal, competencia y agencia a quienes reciben cuidados, lo cual puede resultar en tratos infantiles, bochornosos, denigrantes y hasta indeseados por parte de quienes necesitan de cuidados, tratados las más de las veces como interdictos (Hughes, McKie, Hopkins, & Watson, 2005) . Como respecto a lo anterior, Oliver (1990, en Hughes, Mckie, Hopkins, Watson, 2005) plantea que bajo el lente de la discapacidad (y también la vulnerabilidad) se vive bajo la tragedia y sin agencia, sin poder de decisión alguno. Sin embargo, la idea de dependencia que se transmite con esta concepción del cuidado parece rondar la indefensión total de un neonato, una trágica enfermedad, una situación desafortunada de invalidez o la más avanzada de la decrepitud en la vejez. Estas situaciones entran en el concepto de dependientes inevitables, en las cuales las dependencias se enraízan en la biología, por ejemplo, la infancia, la enfermedad, la discapacidad y la vejez (Kittay, 1999) . Todas estas situaciones de vulnerabilidad ¿Son tan distantes? Todo lo contrario, ya que la vulnerabilidad es un atributo propio de la condición humana (Martín Palomo & Damamme, 2020) .Por lo tanto, la vulnerabilidad se debe despojar de todo tipo de connotación negativa, ya que se puede asociar con la primera infancia, el envejecimiento, la enfermedad o con cualquier tipo de límite en la autonomía. En la medida en que sea necesaria la ayuda o asistencia por parte de alguien más, se necesitará de cuidados. Estas situaciones de dependencia son comunes en todo ser humano. Al nacer fuimos cuidados. El humano en sus primeros años está indefenso, necesita que cuiden de él. En nuestra vejez seremos incapaces de valernos totalmente por nuestros medios. El cuerpo decae, enferma, envejece, pierde facultades y muere. De lo anterior se deriva la necesidad de poner entre paréntesis la relación de dependencia como vector del cuidado. En su lugar, adoptar un enfoque de dependencias entrelazadas o de interdependencia, noción más cercana a la vulnerable existencia del ser humano (Martín Palomo & Damamme, 2020) . Barnes (2012) reconoce que todos los seres humanos prestan y reciben cuidados a lo largo de su curso de vida, por lo cual resultan ser componentes centrales de la vida social. (En (São José, 2016) . No es un grupo marginal el que necesita de cuidados. Todo ser humano es un receptor de cuidados en potencia. Mientras los años pasan podemos enfermar o envejecer al punto de necesitar de otros. Todos somos vulnerables en algún momento de nuestras vidas (Tronto, 1993, Paperman, 2005 En (Araujo & Hirata, 2021) . Esto quiere decir que la relación de dependencia es susceptible de invertirse, pudiendo cuidar y requerir de cuidados de un momento a otro. Esto da cuenta de la interdependencia, como lo comenta Huenchuan (2015). De acuerdo con lo anterior, surge el concepto de ética del cuidado, el cual sostiene que todos los seres humanos prestan y reciben cuidados a lo largo su ciclo vital, lo cual tiene implicaciones morales y políticas (São José, 2016) . Dicho marco también plantea que, si bien la dependencia es universal y los cuidados inevitables, la responsabilidad de prestarlos no debería ser privada o individual (familiar), sino que su acceso debería ser de interés público, por lo que se espera un mayor compromiso político y estatal (Carrasco, Borderías, & Torns, 2011). Para concluir, se acude a lo planteado por Daly y Lewis (2000) , las cuales tratan de aproximarse a un concepto centrado del cuidado desde el estado de bienestar. Definen cuidado como una actividad y un conjunto de relaciones que se encuentran en intersección entre el Estado, el mercado, la familia y el sector voluntario (Daly & Lewis, 2000) . El concepto que destacan es el de “Social Care” (asistencia o cuidado social). Reconocen que es un concepto múltiples dimensiones, entre las que destacan tres: cuidado como trabajo, el cual comprende un conjunto de actividades y disposiciones materiales; cuidado desde un marco normativo de obligación y responsabilidad, ya que reconocen que el cuidado comienza y se da en condiciones y relaciones de responsabilidad social y familiar; por último reconocen en el cuidado una actividad que cuesta, o con costes, tanto económicos como emocionales, y la cual debe ir más allá de lo privado y lo público (Daly & Lewis, 2000) .

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El “Diamante” del cuidado
Es posible identificar tres fuentes de cuidado: la familia, el estado y el mercado (Huenchuan S. , 2009) . No obstante, también es posible incluir en la lista de
proveedores a la comunidad, también conocido como trabajo voluntario de cuidados (Daly & Lewis, 2000) . Pese a existir hasta cuatro fuentes de cuidado, el grado de 
compromiso y de involucramiento suele ser muy dispar, pudiendo desencadenar tensiones y problemas. Es necesario reconocer que las soluciones que se prestan al tema de cuidados varía según el contexto de cada país, pero es posible identificar patrones similares en la región latinoamericana (Huenchuan & Roqué, 2009) . De acuerdo con lo
anterior, y pese a que ninguna de las fuentes de cuidado mencionada tiene competencia exclusiva a la hora de proveer cuidados, termina siendo la familia la que se considera la fuente tradicional y por excelencia de cuidados (Huenchuan S. , 2009). Si bien se le conoce como cuidado familiar, debido a que se presta al interior de los hogares, son las mujeres las que asumen y se perciben como las principales responsables de las diferentes tareas y disposiciones que exigen las labores de cuidado (Hughes C. , 2002) . El cuidado se presenta, sea cual sea su definición, como una actividad predominantemente femenina (Thomas, 1993) . Sin embargo, las mujeres no sólo asumen las responsabilidades emocionales y físicas que confluyen en la práctica del cuidado (Hughes C. , 2002) , sino que se espera que lo hagan; se establece una expectativa en las mujeres y niñas, dirigida a que proporcionen cuidados en la familia,
sin lugar a ningún tipo negociación en la identidad de género (Başak, 2019). No obstante, las mujeres siguen siendo mayoría en el cuidado formal (profesional), puesto que se cree que su naturaleza y capacidades de cuidar están entrelazadas y eso, sumado
al simbólico colectivo de cuidadora (Carrasco, Borderías, & Torns, 2011) , las convierte
en las más adecuadas para el trabajo de cuidados (Dalley, 1996) . En la mayoría de culturas se ha asociado el papel tradicional de crianza de los hijos y cuidado del hogar, de la familia y del marido a las mujeres; estas funciones, tradicionalmente asociadas a la mujer, han provocado que se asocien algunas virtudes morales a las mujeres, entre las que destaca la voluntad de sacrificar los intereses personales en beneficio de los demás (Nussbaum, 2004) . No obstante, es necesario recordar que, si bien la familia es fuente de amor y cuidados, también resulta ser un lugar de opresión para la mujer, debido a que
no es tratada como un fin sí misma, sino como un instrumento de las necesidades de los demás, como una reproductora, cocinera, limpiadora, cuidadora y hasta como salida sexual, en lugar de como a una persona con agencia y valor propios (Nussbaum, 2004). Debido a presiones económicas, sociales, elecciones personales y a la masiva inserción
en el mercado laboral de las últimas décadas las mujeres se han alejado cada vez más de
las labores de cuidado (Huenchuan S. , 2009) . Lo anterior se ha traducido en una serie de cambios en la estructura familiar, social y económica que también provocan cambios en las redes familiares de cuidado, teniendo que optar por arreglos domésticos
(Huenchuan S. , 2009) . A su vez, reconociendo las dificultades y desigualdades desprendidas del cuidado familiar, atribuyen al estado una responsabilidad mayor como proveedor de cuidados, ya que los incluyen dentro de los servicios sociales y atribuyen
al estado la responsabilidad de garantizar el cuidado como derecho (Huenchuan &Rodriguez, 2015) . Sumado a lo anterior está lo propuesto desde la teoría de la ética del cuidado, expuesta en el apartado anterior, y que sostiene que el Estado debería tener un
papel más activo en cuanto a proveer los cuidados, debido a que éstos forman parte de la condición humana y deberían ser cubiertos como un derecho humano fundamental (Carrasco, Borderías, & Torns, 2011) . En cuanto al mercado, surge como opción para cubrir las demandas de cuidado y toma la forma de cuidados de profesión o cash-for-care. Sin embargo, aunque la iniciativa privada suele ser la más competente para suplir las necesidades de cuidados en estos contextos, acarrea costes que muchas personas y familias no son capaces de soportar, pero que resultan la única alternativa debido a los 
cambios en los cuidados familiares y las deficiencias institucionales en materia de cuidados.

Consideraciones últimas
El término cuidado es en apariencia inocente, por lo cual resulta ingenuo preguntarse por él. Debido a la distancia que impone la cotidianidad, es complicado ver los entramados y las implicaciones del término. Así como ocurre con el cuidado hay muchos otros conceptos que resultan problemáticos a día de hoy, debido a nuevos marcos de análisis y a problemáticas cada vez más visibles y cercanas. Si bien resulta un
error concebir al concepto de cuidado desde la relación de dependencia, por motivos expuestos en el texto, lo cierto es que resulta una actividad tan valiosa precisamente porque garantiza la supervivencia, sobre todo, de aquellos que no pueden valerse por sí mismos. Lo ideal es concebir al cuidado desde la interdependencia, puesto que nos permite concatenar las situaciones entrelazadas de dependencia del otro con las nuestras. La dependencia no es exclusiva de los discapacitados, no obstante, hay sectores que suelen presentar una mayor necesidad de cuidados por cuestiones inevitables, ancladas en la biología. Por poner un ejemplo, es posible identificar una tendencia mundial hacia un envejecimiento demográfico, lo cual pone a la humanidad en una situación de envejecimiento, situación que suele representar una necesidad inevitable de cuidados; este tipo de situaciones exigen que se aborde el tema del cuidado
con la mayor seriedad y urgencia del caso. El cuidado es importante, lo ha sido y lo será, por tanto, es necesario reconocer su valor y hacer una exposición del concepto, así como de sus debates y tensiones, para lograr un panorama de exposición y difundir su
importancia a quienes aún no se han permitido el conocimiento de los anversos del cuidado.

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